viernes, 26 de septiembre de 2008

Frío.

Hay fríos que se calman cuando uno se tapa hasta las orejas, ese frío que gusta por las noches porque te pones una y otra manta y te pierdes durmiendo, calentito. Hay fríos que gustan en verano cuando sales a la terraza después de un largo día de calor y ventilador pegado a la espalda, y te toca los brazos y tienes que ponerte una chaquetita que se agradece. Hay fríos que se te pasan los dientes cuando los muerdes y otros que te congelan los pies como cuando íbamos al colegio y la calefacción estaba bajita y te chirriaban hasta los dientes; o como cuando esperaba en la parada del autobús a que pasara el de las 7 de la mañana en pleno diciembre. Son fríos que apetecen menos pero que al fin y al cabo esperamos cuando acaba el otoño. Pero, hay fríos con los que no cuentas, los que se clavan en una mirada o un gesto. Con los que convivimos a veces a penas sin darnos cuenta y que a la larga hacen incluso daño. Es el frío que se desencadena del desdén o la indiferencia. Es un frío en proceso de congelación y cuando no se ponen los medios al final es hielo. Hay personas acostumbradas a estos aires, hay otras que no podemos...alguien me dijo hace poco que cuando das con personas con las que no tienes nada que ver huyes, rehuyes, te alejas, las evitas y buscas para el disfrute aquellas compatibles. Yo creo que las compatibilidades también hay que saber buscarlas; pero, ciertamente en el hielo, no voy a escarbar.


 


http://www.youtube.com/watch?v=pICw9GGaxV8



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