lunes, 13 de octubre de 2008

Había una vez...

Había una vez un pueblecito muy pequeñito de color verde. Era verde como un  guisante porque todo lo que le rodeaba era de este color. En otros tiempos sus habitantes lo vieron también vestido de blanco cuando llegaba el invierno y la nieve no les dejaba casi ni salir de sus casas. Esta aldeíta estaba hecha de piedra, pizarra y madera. Y el agua brotaba de casi todos los rincones. Las gentes se dedicaban con mucho esmero a sus huertos, a su ganadería, y a todo aquello que la tierra les daba: como leña, castañas y otros frutos del bosque. Los niños jugaban en los caños y en los praos . En el verano el pueblo se llenaba de gente, en la mayoría de los casos gente que había nacido allí y que se había marchado a las ciudades en busca de trabajo y prosperidad.  Había muchos que lo habían conseguido, otros quizás no tanto pero al llegar el calor estival todos se juntaban en el pequeño pueblo que se hacía grande para acoger a los suyos.


El sitio siempre se había caracterizado por la gran unión de sus gentes hasta el punto de que se contaba que en tiempos no tan lejanos unos y otros se ayudaban para construir una casa o hacer una matanza. Y curioso es en los tiempos que corren hoy que cuando se juntaban allí la frivolidad y el estrés de las ciudades se dejaban allí y todos se sentían tan unidos como siempre.


Pero sucedió una vez que un tirano se hizo con el poder aprovechándose de los más débiles. Durante mucho tiempo el pueblo seguía siendo verde, pero poco a poco se fue tornando gris…


 


 


http://es.youtube.com/watch?v=1QR7AONpRII



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