lunes, 12 de enero de 2009

Ganas

Desde la ventana se veía la Almudena; nunca la vi tan linda, tan majestuosa, nunca me senté tan cerca. El resplandor de la blancura del mármol se reflejaba en los cristales. O la nieve, que la había y mucha por todos los rincones, deshaciéndose en ríos de agua que chorreaban por las calles arrastrando miedos y duelos.
Hacía un frío que jamás había conocido, era como si todo fuera nuevo, menos la Luna de la noche que era Llena como todos los meses.
El salón era de un gusto moderno pero entrañable con adornos en color ocre, oro viejo y burdeos, espectacular. La comida razonable y la atención muy acogedora, como de andar por casa.
La Torre Eiffel era pequeñita justo detrás, insignificante y me sentía en un punto del medio del mundo entre tanto monumento y la expectación. Era chiquitita como una lenteja y por momentos más grande. La música me hizo llorar. Las manos frías, temblaba: el miedo, el susto, el gusto, la impaciencia, millones de recuerdos y preguntas , mil cosas por contar. Y las ganas, sobre todo las ganas de estar ahí, así, en ese momento. Lo demás, era adorno.

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