lunes, 2 de febrero de 2009

Tambores al papillote

De vez en cuando la vida nos pone las manos delante de los ojos y no vemos dónde pisamos. Nos cegamos y nos movemos por impulsos; nos dejamos llevar por sensaciones sin pensar demasiado en lo que tenemos delante de las narices. Nos perdemos muchas cosas. A veces tenemos la suerte de empujar esas manos y mirar, y no dejamos que la vida nos ponga una zancadilla sin por lo menos verla a la distancia.
Entonces ocurre que de vez en cuando la vida nos besa en la boca y a colores se despliega como un atlas y nos damos cuenta de que no hay manos que puedan hacer que no veamos lo que se nos pone delante. Y te levantas un día y resulta que te esperan con la mesa puesta llena de manjares, un redoble de tambores a las siete en punto en mitad del mundo y tostadas para desayunar. Y no es menos una partida de juegos, una declaración de amor naranja, o una peli en el sillón. Lo importante es tener los ojos bien abiertos para ver el conejo salir de la chistera y que el sueño no sea tan escurridizo como para que si no lo andamos de puntillas y pisamos fuerte, no se rompa el hechizo nunca.

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